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«¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

Rolando Rodrigo Bragañolo
5 sept
4 min de lectura

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A (Mt 18, 15-20)

Cain y Abel (Palma il Giovane 1576)
Cain y Abel (Palma il Giovane 1576)

Al comienzo mismo de la historia humana, cuando la tierra todavía estaba humeda por la sangre de Abel, Dios se acercó a Caín y le hizo una pregunta muy sencilla: "¿Dónde está tu hermano?". Y Caín respondió con otra pregunta, una pregunta que sigue resonando en nuestros oídos hasta el día de hoy: "¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?". En esa respuesta esquiva, cargada de indiferencia, se esconde la raíz de casi todos nuestros males. Es la tentación de mirar hacia otro lado, de encogernos de hombros, de convencernos de que la vida del otro no es asunto nuestro.

Las lecturas de este domingo vienen justamente a desmentir esa mentira. Y lo hacen con una fuerza que nos incomoda, porque nos recuerdan que sí, que cada uno de nosotros es, de algún modo, guardián de la vida de su hermano. No solo de su vida física, sino también —y sobre todo— de la vida de su alma.


El centinela

En la primera lecturaDios coloca al profeta Ezequiel como centinela de la casa de Israel. La tarea del centinela es sencilla: cuando ve venir el peligro, debe dar la voz de alarma. Si calla, si por comodidad o por miedo se guarda la advertencia, el malvado morirá en su pecado, "pero de su sangre —dice el Señor— te pediré cuenta a ti". En cambio, si el centinela avisa y el otro no escucha, al menos él ha salvado su propia vida.

Dios no nos hace responsables de la respuesta de nuestro hermano —esa siempre será libre—, pero sí nos hace responsables de haberle advertido. El silencio cómodo no es prudencia ni respeto: muchas veces es abandono. Callar cuando debemos hablar puede llegar a ser una forma disimulada de dejar morir al otro.


Del "no lo sé" de Caín al "has salvado a tu hermano"

En el texto del Evangelio, Jesus transforma por completo la lógica del Génesis. Donde Caín preguntaba "¿acaso soy yo el guardián?", Jesús responde sin rodeos: sí, lo eres. "Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano". Fijémonos bien en el verbo que usa el Señor: salvar, ganar. No se trata de tener razón, ni de ajustar cuentas, ni de dejar al otro en evidencia. Se trata de ganar a un hermano para la vida, para Dios.

Y esto, brota de una realidad nueva. En Cristo ya no somos hermanos solamente por la sangre de Adán —esa sangre que, en Caín, se volvió capaz de matar—, sino por la sangre de Cristo, que nos hizo hijos del mismo Padre y miembros de un mismo cuerpo. Por eso ya no podemos ser indiferentes. Cuando un hermano cae, algo nuestro cae con él; cuando se hiere, la herida nos toca a todos. San Pablo lo resume en la segunda lectura de manera luminosa: no debamos nada a nadie, sino el amor mutuo, porque «la plenitud de la ley es el amor». Corregir al hermano, entonces, no es lo contrario del amor: es una de sus formas más exigentes y verdaderas.


Por amor

Los santos siempre entendieron bien esta cuestion. San Agustín (San Agustín Sermón 82), comentando este pasaje, sacude nuestra tranquilidad con una frase que da que pensar: "Peor eres tú callando que él faltando".

El papa Benedicto XVI (Angelus 4/9/2011), comentando este mismo Evangelio, explicaba que la corrección fraterna "no es una reacción a la ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano". Por eso Jesús propone en el Evangelio de hoy toda una pedagogía de la recuperación, delicada y paciente: primero, hablarle a solas, para no exponerlo; después, si no escucha, buscar el apoyo de una o dos personas; recién entonces acudir a la comunidad. Es un camino que va de lo más discreto a lo más amplio, cuidando siempre la dignidad del que se equivocó. Nunca comienza por la denuncia pública ni por el escarnio. Siempre comienza por el cara a cara del que ama.


Comieza de rodillas

Por ultimo, el en el episodio Evangélico no es casual que Jesús cierre hablando de la oración común: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Antes de corregir a un hermano, hay que rezar por él. La corrección que salva no nace de la lengua, sino de las rodillas.

Pidamos hoy al Señor un corazón que no se endurezca —como nos suplicaba el salmo—, un corazón capaz de acercarse al que se está perdiendo, no para juzgarlo desde arriba, sino para tenderle la mano desde el mismo camino que ambos compartimos. Porque todos, alguna vez, somos el hermano que necesita ser corregido, y todos, alguna vez, estamos llamados a ser el centinela que avisa. Que nadie entre nosotros pueda decir, ante Dios, que se quedó callado mientras un hermano se perdía. Y que podamos escuchar, alguna vez, esas palabras que valen más que toda razón: «has salvado a tu hermano».

Feliz Domingo en Cristo.-


 
 
 

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