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El Señor pasa y se deja encontrar

Rolando Rodrigo Bragañolo
19 sept
4 min de lectura

Actualizado: 20 sept

XXV Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A

Parabola de los trabajadores en la viña - Rembrandt (1606-1669)
Parabola de los trabajadores en la viña - Rembrandt (1606-1669)

Los dos domingos pasados aprendimos algo que hoy la liturgia nos dice ya sin rodeos. Vimos que la lógica de Dios no es la nuestra: donde nosotros llevamos la cuenta de las ofensas, Él perdona setenta veces siete; donde nosotros medimos y calculamos, Él regala. Pues bien, la primera lectura de este domingo lo proclama con toda claridad por boca de Isaías: “mis pensamientos no son los vuestros”. Dios es más grande, más generoso, más libre que nosotros.

Pero Isaías añade enseguida algo que debería sacudirnos: “Buscad al Señor mientras se deja encontrar, llamadlo mientras está cerca”. Fijémonos en esa palabra pequeña y decisiva: MIENTRAS. La cercanía de Dios es real, pero también es una oportunidad que hay que tomar.


Cada uno según su hora

El Evangelio ilumina este “mientras” con la parábola de los obreros de la viña. El dueño sale de madrugada, a media mañana, al mediodía, a media tarde, y todavía al caer el día, buscando trabajadores. No se cansa de salir. A cada cuarto de hora vuelve a la plaza a llamar a los que están parados. Así es Dios: sale una y otra vez a nuestro encuentro, y a cada uno lo llama en su hora, en su cuarto de hora, sin descartar a nadie por haber llegado tarde. A los últimos, a los que nadie había contratado, también les dice: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Y al atardecer paga a todos el mismo denario, provocando la protesta de los primeros. El papa Benedicto XVI, comentando esta parábola, explicaba que ese denario representa la vida eterna, el don que Dios reserva por igual a todos los que responden a su llamada. Por eso la pregunta final del dueño nos desarma a todos: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. La salvación entonces es un regalo de la bondad de Dios y allí en la viña nadie llega tarde. Pero —y aquí está la cuestion— se puede, no llegar.


Timeo Iesum transeuntem

En el mismo Evangelio que nos consuela con la bondad del dueño, nos advierte con aquel mientras de Isaías. Nuevamente San Agustín le dio en la clave, en un comentario iluminador, en el pasaje de los ciegos que, al borde del camino, que gritan a Jesús cuando pasaba hacia Jericó, el obispo de Hipona dejó una frase estremecedora: “Timeo Iesum transeuntem” —“temo a Jesús que pasa”—, y la tradición la completó: “et non redeuntem”, “y que no vuelva”. Los ciegos no dijeron “ya gritaremos mañana, cuando estemos más despiertos”. Sabían que Jesús estaba pasando en ese momento, y que quizás esa era su única hora. Por eso gritaron entonces, sin dejarlo pasar.

Ese es el santo temor que Agustín quiere despertar en nosotros: no el miedo a que Dios sea duro —ya vimos que su bondad hasta escandaliza—, sino el temor a estar distraídos justo cuando Él pasa. Cristo, pasa: pasa en una gracia que hoy nos suscita, en una Palabra que hoy nos toca, en una confesión que hoy podríamos hacer, en un hermano necesitado que hoy cruza nuestro camino. Y esos momentos no se repiten. El problema es el despues con el que tantas veces respondimos puede llegar demasiado tarde.


A Dios los huesos

Nos decimos: ya habrá tiempo, Ya me convertiré de enserio, cuando esté más grande, cuando pasen los años de trabajo, cuando los hijos crezcan, cuando me jubile, cuando esté enfermo. Le damos al mundo lo mejor de la vida —las fuerzas, el entusiasmo, las horas, la juventud— y a Dios le reservamos las sobras, el cansancio, el final. Le damos al mundo la vida y a Dios los huesos. Como si Dios fuera un prestamista al que se le paga tarde y con lo que sobra, y no el Amigo que pasa cada mañana.

Pero ese después es engañozo, porque la hora no la ponemos nosotros. El obrero de la última hora entró a la viña porque respondió apenas fue llamado, no porque calculaba llegar tarde a propósito. La misericordia de Dios llega a todas las horas, sí; pero nuestra respuesta solo podemos darla en la hora en que Él nos llama, que es siempre el HOY. El Mañana, el después, no nos pertenece.


Para mí la vida es Cristo

Frente al que le da a Dios los huesos, San Pablo nos muestra en la segunda lectura al hombre que le ha dado a Dios la vida entera: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia”. Pablo está preso, jugándose la vida, y no tiene reservas ni cálculos: está tan entregado, allí ya nada le inquieta porque es verdaderamente libre. Esa es la vida de quien no dejó pasar al Señor cuando pasó camino de Damasco. Así vivieron todos los santos: no le entregaron a Dios el final, le entregaron el presente. No respondieron “después”; respondieron “aquí estoy”.


Feliz Domingo!


 
 
 

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