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El tercer Hijo de la parábola.

Rolando Rodrigo Bragañolo
27 sept
4 min de lectura

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A


La Parabola de los dos Hijos - Jan Luyken (1649–1712)
La Parabola de los dos Hijos - Jan Luyken (1649–1712)

El domingo pasado el dueño salía a toda hora a llamar obreros; hoy un padre se acerca a sus hijos y les dice: “ve hoy a trabajar en la viña”. Otra vez ese hoy que ya conocemos, el hoy de la gracia que no admite postergaciones. Pero esta vez el Evangelio no nos mira desde la hora en que fuimos llamados, sino desde nuestra respuesta. Porque frente a la misma palabra del Padre, los dos hijos de la parábola responden de manera opuesta, y ninguno de los dos, tal como está, es todavía lo que el Padre espera.


Dos hijos, dos respuestas a medias

El primero dice no quiero, pero después se arrepiente y va. Es el hijo del no que se convierte en si con los pies. En él se retratan, esos pecadores que un día dijeron no con su vida pero escucharon a Juan y cambiaron de rumbo. Es también el malvado del que habla Ezequiel en la primera lectura: “cuando el malvado se convierte de su maldad y practica la justicia, él salva su propia vida”. Y es cada uno de nosotros cuando dejamos que la ternura de Dios borre, como pide el salmo, los pecados de nuestra juventud.

El segundo dice “voy, Señor, pero no va. Es el hijo del si que se queda en sí, la palabra bonita que nunca se hace obra. En él se retratan aquellos que sabían hablar de Dios pero no le creyeron a Juan; y, seamos sinceros, también nos retrata a nosotros más veces de las que quisiéramos: cuántos sí, Señor rezados por la mañana quedan sin cumplir al caer la tarde.


Hay un tercer Hijo

Y sin embargo, si nos quedáramos solo con estos dos hijos, la parábola nos dejaría a mitad de camino: uno falló y se corrigió, el otro prometió y falló. ¿Dónde está el Hijo que dice SI y va? ¿El que no necesita arrepentirse porque nunca dijo que no? Ese Hijo dice el papa Benedicto, también está en la parábola, aunque no se lo nombre entre los dos: es el que la está contando. Es Jesucristo, el Señor, el único Hijo que dijo al Padre “vengo a hacer tu voluntad” y la cumplió hasta el final. En Él, y solo en Él, coinciden perfectamente el decir y el hacer: “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”, dijo; y desde la cruz, cumplida la obra, pudo decir: “todo está consumado”.

Este es, para mí, el corazón del Evangelio de hoy: mientras miramos a los dos hijos y nos preguntamos a cuál nos parecemos, Jesús nos está mostrando su propio rostro. El rostro del Hijo que trabaja siempre de cara al Padre, que no se guarda nada, que no dice una cosa y hace otra. La viña del Padre no le fue un peso, sino su alimento y su gozo. Toda la parábola estaba, en el fondo, hablando de Él. recordemos que en este capitulo Jesús ya está en Jerusalén para cumplir la voluntad de su Padre.


Los sentimientos de Cristo

Por eso la segunda lectura no es un añadido suelto, sino la clave que abre todo. San Pablo nos presenta a ese tercer Hijo en uno de los textos más hermosos de la Escritura: el que, “siendo de condición divina, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, y se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Ahí está retratado el Hijo obediente, el que de verdad fue a la viña y trabajó hasta el último aliento. Y Pablo nos da la consigna que resume la vida cristiana entera: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

La parábola, sola, nos dejaría con un esfuerzo moral: pórtate como el primer hijo y no como el segundo. Buen consejo, pero corto, porque los dos hijos siguen siendo hijos fallidos. El Evangelio cristiano va más lejos: no se trata solo de imitar al mejor de los dos, sino de dejar que el tercer Hijo viva en nosotros. No basta arrepentirnos de nuestros NO, ni desconfiar de nuestros SI: necesitamos que los sentimientos de Cristo se vuelvan los nuestros, para que nuestro sí y nuestras obras dejen de ir por caminos separados y se junten, por fin, en Él.


Hermanos, hagámonos entonces la pregunta que el Evangelio nos deja, pero completa. No solo “¿soy el hijo del no arrepentido o el hijo del sí incumplido?”, sino “Estoy dejando que el tercer Hijo, Cristo, ¿tome mi voluntad y la vuelva obediente como la suya?”. Que nadie se desanime por sus muchos “no”: la puerta de la conversión está abierta, y Dios, dice el salmo, “enseña su camino a los humildes”. Y que nadie se acomode en sus “sí” de palabra. Pidamos al Señor que nos regale sus sentimientos, para poder decirle al Padre, con Cristo y en Cristo, no solo “voy, Señor”, sino ir de verdad, hoy, a trabajar en su viña.


Feliz Domingo!

 
 
 

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