La piedra que desecharon
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Seguimos en la viña, y esta vez por última vez en esta serie de domingos. Veníamos del dueño que salía a toda hora a llamar obreros, y del padre que pedía a sus dos hijos: “ve hoy a trabajar”, y ahí entre los dos, descubrimos al tercer Hijo, el que dice sí y va, el rostro mismo de Jesús obediente al Padre. Asi, el Evangelio de hoy nos cuenta qué pasó con ese Hijo cuando lo enviaron a la viña.
Una viña cuidada con amor
Isaías, en la primera lectura, canta la viña como un enamorado canta a su amada. El dueño la cava, le quita las piedras, planta cepas escogidas, levanta una torre, excava un lagar. No le escatima nada. Y después hace una pregunta que parte el alma: “¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?”. Esa es la pregunta de un Dios que se ha dado por entero y que, al tiempo de la vendimia, en lugar de uvas encuentra frutos agrios. El papa Benedicto XVI (2/10/11), recordaba que Dios nos cultiva como a un campo, para hacernos mejores. No somos un terreno abandonado: somos la viña querida, trabajada palmo a palmo por sus manos.
Siguiendo al profeta, el Evangelio recoge esa misma imagen, pero la lleva más adentro. El propietario planta la viña con el mismo esmero y la alquila a unos labradores. No les pide que la inventen; se la entrega hecha, y solo espera, a su tiempo, los frutos que le corresponden. Aquí está ya el primer aviso para nosotros: la viña no es nuestra. La vida, la fe, los dones, lo recibimos. Somos administradores, no dueños. Y a todo administrador, tarde o temprano, se le piden cuentas de los frutos.
La paciencia que llega hasta la entrega del Hijo
Lo que sigue es la historia de una paciencia increíble. El dueño manda criados a buscar el fruto, y los labradores los apalean, los matan, los apedrean. Son los profetas, maltratados a lo largo de los siglos. Pero el dueño no se cansa, porque ama: manda más criados, y después, en un gesto que humanamente es una locura, decide enviar a su propio hijo. “Tendrán respeto a mi hijo”, se dice. Dios apuesta todo, se juega al Hijo. Y los labradores, al verlo, en lugar de respetarlo calculan: “este es el heredero; matémoslo y la herencia será nuestra”. Lo sacan fuera de la viña y lo matan.
Benedicto XVI, comentando justamente este Evangelio, señalaba que aquí está la raíz de todo pecado: el orgullo y el egoísmo que nos impiden reconocer “el don más valioso de Dios, su Hijo unigénito”. Es en él que somo Hijos, pero la soberbia nos hace: querer la herencia sin el Padre. Querer los bienes de Dios echando a Dios de en medio. Queres los dones de Dios sin el Dios de los dones. Así, el pecado, llevado a su límite, siempre termina queriendo un mundo sin Dios.
La piedra angular
Y aquí, cuando la parábola parece terminar en tragedia, Jesús cita el salmo y todo se da vuelta: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. El Hijo asesinado y arrojado fuera de la viña —fuera de las murallas, en el Calvario— no queda en el fracaso. Como recordaba Benedicto XVI, Cristo “rechazado y crucificado, resucitó, convirtiéndose en la piedra angular” sobre la que podemos apoyarnos con absoluta seguridad. Lo que los hombres descartaron, Dios lo hizo fundamento. El crimen de los labradores no tuvo la última palabra: la tuvo el amor del Padre, que resucitó al Hijo.
Por eso esta parábola, que empieza como un reproche, es en realidad el anuncio de la Pascua. El tercer Hijo que el domingo pasado trabajaba de cara al Padre, hoy es enviado, rechazado y muerto; pero precisamente así se convierte en la piedra sobre la que se levanta la Iglesia entera. No nos apoyamos en nuestros méritos, que son pocos y frágiles; nos apoyamos en Él, la piedra que nadie podrá ya volver a descartar.
Dar frutos a su tiempo
Pero el Evangelio no nos deja tranquilos con un final bonito. Hay una advertencia que conviene escuchar derecho: “se les quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. No se trata de amenazas: se trata de la seriedad del amor de Dios. Él ha hecho todo por su viña; lo único que espera es fruto. Y el fruto no es tener el carnet de bautizado ni figurar en los grupos de la parroquia —ese sería el “sí, señor” que no va, del domingo pasado—. El fruto es una vida transformada, el derecho y la justicia que Isaías echaba de menos, la caridad concreta con el hermano.
¿Y cómo se da ese fruto? San Pablo nos lo dice en la segunda lectura con una sencillez desarmada y desarmante: “No se angustien, en cualquier cirscuntancia, recurran a la oracion y a la suplica... entonces la paz de Dios que supera todo loq ue podemos pensar tomará bajo su cuidado los corazones y oensamientos de ustedes en Cristo Jesus... Poganlo en obra y el Dios de la paz estara con ustedes”. Ponerlo por obra, unidos a Cristo: ahí está todo. Y Benedicto XVI lo completaba con la imagen de Jesús: somos como el sarmiento, que no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. No se nos pide que produzcamos frutos a fuerza de voluntad, aislados; se nos pide permanecer unidos a Cristo, la vid verdadera y la piedra angular, para que su savia corra por nosotros.
Feliz Domingo!



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