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Un don sin Medida

Rolando Rodrigo Bragañolo
13 sept
3 min de lectura

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A (Mt 18, 21-35)

El servidor despiadado - Claude Vignon (1593-1670)
El servidor despiadado - Claude Vignon (1593-1670)


El domingo pasado nos detuvimos ante Caín y aquella pregunta esquiva: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Vimos cómo el Evangelio daba vuelta esa indiferencia y nos hacía responsables de la vida del hermano, hasta el punto de salir a buscarlo y corregirlo con amor para ganarlo. Hoy la Palabra de Dios nos lleva un paso más adentro en ese mismo camino. Porque, tarde o temprano, corregir y ser corregidos nos pone frente a una pregunta todavía más difícil: ¿hasta dónde tengo que perdonar?

Es exactamente la pregunta de Pedro en el Evangelio de este domingo: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Pedro cree ser generoso: siete para los judíos, era el número de la plenitud. Pero Jesús le responde con una frase que rompe todos los cálculos: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Volviendo, a las primeras páginas del Génesis, después de Caín, aparece un descendiente suyo llamado Lamec, que se jacta ante sus mujeres de un crimen: “he matado a un hombre por herirme, y a un muchacho por golpearme” Y remata con una fórmula terrible: «Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta y siete». Es el canto de la venganza sin límites, la espiral del rencor que crece y se multiplica hasta lo incontrolable, fruto del corazón del pecador como dice el Libro del Eclesiástico en la primera lectura. Ese es el mundo que nace del pecado: un mundo donde el mal recibido siempre se devuelve aumentado.

Y nuevamente Jesús toma la misma cifra de Lamec, ese setenta y siete, pero le cambia el signo. Donde el hombre había puesto venganza, Él pone perdón. Donde la humanidad multiplicaba el resentimiento, el Reino de Dios multiplica la misericordia. No se trata, entonces, de cambiar un número chico por uno más grande. Jesús no nos está dando una cuenta más larga, de algún modo nos invita a tirar el cálculo. El perdón cristiano no se lleva libro de cuentas.


La deuda que nunca podríamos pagar

Pero esto no queda en teoría, el Señor nos cuenta una parábola. Un rey quiere ajustar cuentas con sus servidores y le traen a uno que le debe diez mil talentos. Detengámonos en la cifra, porque no es casual: 10.000 talentos equivalía a 164.000 años de salario dedicado solo  en pagar la deuda; diez mil talentos era, sencillamente, una deuda imposible, impagable, una fortuna que ese hombre jamás podría reunir. Y sin embargo, cuando el criado se arroja a sus pies y suplica paciencia, el rey hace algo que nadie esperaba: no le da un plazo más largo, le perdona toda la deuda. La borra entera.

Ese rey es Dios. Y esa deuda impagable somos cada uno de nosotros delante de Él, al exponer la deuda de nuestros pecados. San Agustín lo decía con una claridad que desarma: todo hombre es, al mismo tiempo, deudor de Dios y acreedor de su hermano. Es decir: cuando me acerco a Dios, soy siempre el que debe diez mil talentos; cuando me acerca mi hermano que me ofendió, soy el que reclama apenas unas monedas. La parábola nos pone un espejo delante y nos pregunta: ¿de qué tamaño es lo que Dios te perdonó, comparado con lo que a vos te cuesta perdonar?


Perdonar de corazón

El final de la parábola es severo, y conviene no suavizarlo: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Fijémonos en esas dos palabras: de corazón. El criado malvado también se había arrodillado ante el rey; su gesto exterior había sido perfecto. Pero el perdón que había recibido no le había llegado al corazón, no había tocado el lugar donde de verdad decidimos cómo tratar al otro. Por eso, minutos después, con las mismas manos que acababa de juntar en súplica, aprieta el cuello de su compañero.

Ese es el riesgo de todos nosotros. Podemos decir te perdono con la boca y seguir guardando la ofensa en un rincón del alma, esperando el momento de cobrarla. Pero el perdón que Jesús pide no es olvidar de golpe ni fingir que nada dolió; es dejar de tener al otro prisionero de su deuda, es soltarle el cuello, es entregarle a Dios la herida en lugar de usarla como arma. El papa Francisco lo repitió muchas veces durante el Año de la Misericordia: solo quien se ha dejado abrazar por la misericordia de Dios es capaz de ofrecerla a los demás. Solo quien recuerda que él mismo va a necesitar misericordia, aprende a darla.

 

Feliz Domingo!

 

 
 
 

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franciscoveron098
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FELIZ DOMINGO.🙏

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