Invitados a una fiesta
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Dejamos la imagen de la viña. El Señor ya al final del evangelio de Mateo, frente a frente a los sumos sacerdotes y notables del pueblo les dirige una parabola, valiendose de una imagen que esta presente en la vida del pueblo de Israel.
Sentarse a la Mesa
Pocas cosas hay tan humanas como sentarse a la mesa. No comemos solamente para alimentarnos; comemos para estar juntos, para celebrar, para que un cumpleaños, un casamiento o un domingo cualquiera se vuelvan fiesta. Sentarse a la mesa, es siempre algo más que comida: es el signo de que alguien nos quiere cerca. Por eso, cuando Dios quiere decirnos qué nos tiene preparada la mesa, no nos habla de una recompensa fría, sino de un banquete. Nos dice, sencillamente, que quiere tenernos junto a él.
Esa es la imagen luminosa que nos regala este domingo la liturgia. El profeta Isaías anuncia que el Señor del universo "ofrecerá a todos los pueblos, sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados" (Is 25, 6). Pero lo más hermoso no son los manjares, sino lo que allí sucede: en esa mesa Dios "arrancará el velo que cubre a todos los pueblos", "destruirá la muerte para siempre" y "secará las lágrimas de todos los rostros" (Is 25, 7-8). El banquete de Dios no es un lujo pasajero; es el lugar donde se acaba el luto, donde se seca el llanto, donde la muerte misma queda vencida. A esa mesa estamos invitados.
Y nadie se gana una invitación a una boda; se la regalan, es un don. Nadie tiene derecho a sentarse en la fiesta de otro; lo sientan por amor. Así es la salvación: no es un sueldo que cobramos por méritos, sino un convite gratuito que el Rey ofrece. El salmo lo canta con ternura inolvidable: "Tú preparas ante mí una mesa", "mi copa rebosa" (Sal 22, 5). Es Dios quien prepara, quien sirve, quien colma. A nosotros solo nos toca aceptar y venir.
Pero aquí aparece lo asombroso y, a la vez, lo doloroso del Evangelio. El Rey celebra las bodas de su Hijo, manda a sus servidores a llamar a los invitados, y estos sencillamente "se negaron a ir" (Mt 22, 3). Insiste, les manda decir que todo está preparado, y el resultado es peor: "no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio" (Mt 22, 5). Fijémonos bien: lo que los aparta de la fiesta no es una gran maldad, no es un crimen escandaloso. Es el campo. Es el negocio. Son las ocupaciones legítimas, las cosas de todos los días, que ocupan tanto lugar en el corazón que ya no dejan sitio para Dios. Rechazan el banquete, no por odio, sino por distracción; no porque algo malo los atraiga, sino porque algo bueno los absorbe.
Que lo urgente no nos robe lo importante
He aquí la tentación de siempre, la más disimulada: dejar que lo urgente nos robe lo importante. El trabajo, la casa, los proyectos, el dinero son buenos y necesarios; pero cuando los convertimos en lo único, nos vuelven sordos a la voz que nos llama a la fiesta. Nos servimos de las cosas, está bien; el problema empieza cuando las cosas se sirven de nosotros. Por eso vale aquí la advertencia de siempre: una cosa es trabajar el campo y otra muy distinta perder, por el campo, el Reino de los cielos.
El Rey, entonces, hace algo que humanamente nadie haría: abre la fiesta de par en par. "Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren" (Mt 22, 9). Y los servidores reunieron a cuantos hallaron, "buenos y malos", hasta que la sala quedó llena (Mt 22, 10). Qué consuelo tan grande: si los primeros no quisieron venir, Dios no cancela la fiesta, sale a buscar a los de los caminos. A los que nadie invitaría. A los que no figuraban en ninguna lista. A nosotros. El banquete de Dios no se queda vacío por culpa de los que dicen que no; simplemente, se llena de otros que dicen que sí.
Y, sin embargo, el Evangelio no termina en un final fácil. Entra el Rey, mira a los comensales y encuentra a uno que no tiene el traje de fiesta. Le pregunta con una palabra que estremece: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" (Mt 22, 12). Y aquel hombre se queda mudo. Es verdad que a la fiesta se entra gratis; pero no se entra de cualquier manera. No basta con cruzar la puerta: hay que vestirse para la boda. ¿Y qué es ese traje nupcial? San Gregorio Magno lo responde con una pregunta que lo dice todo: "¿Qué debemos entender por vestido de bodas, sino la caridad?" (Homilías sobre los Evangelios, 38). Entra sin el traje, enseña Gregorio, "el que cree en la Iglesia, pero no tiene caridad". Es decir: no alcanza con estar; hay que estar revestidos de amor. No basta con el carnet de invitado; hace falta el corazón del que ama.
Alguien que lo llena de verdad
¿Y de dónde sacamos ese traje, esa fuerza para amar y para desprendernos de lo que nos ata? San Pablo nos lo dice en la segunda lectura con una frase que es casi un grito de libertad: "Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia... Yo lo puedo todo en Aquél que me conforta" (Flp 4, 12-13). Pablo ha descubierto el secreto: no es que no necesite nada; es que ha encontrado a Alguien que lo llena de verdad, y desde esa plenitud ya nada lo esclaviza, ni la escasez ni la abundancia. El que se sienta de veras a la mesa de Dios queda libre de la tiranía de las cosas, porque ya tiene lo único que de verdad colma el corazón. Como decía San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti".
Hermanos, hoy la mesa está puesta y la invitación es para cada uno de nosotros, sin excepción. Pidamos al Señor la gracia de no ser de aquellos que, teniendo todo preparado, se van al campo o al negocio y se pierden la fiesta. Pidamos no entrar a su casa con las manos y el corazón vacíos, sino revestidos del traje de bodas, que es la caridad. Y pidamos, sobre todo, aprender de Pablo a poner nuestra confianza no en lo que tenemos, sino en Aquél que nos conforta, para que, libres y agradecidos, nos sentemos un día a ese banquete donde Dios enjugará por fin todas las lágrimas y la alegría no tendrá fin.
Feliz Domingo!



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