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Una tentación, tan vieja como el hombre

Rolando Rodrigo Bragañolo
hace 1 día
4 min de lectura

Domingo XXIX Durante el Año - Ciclo A

La moneda del Cesar - Antonio Fernandez (1946) ©Museo del Prado
La moneda del Cesar - Antonio Fernandez (1946) ©Museo del Prado

Una tentación muy recurrente nos acompaña siempre: la de esperar que la salvación nos llegue de afuera, que alguien o algo venga a resolvernos la vida sin que nosotros tengamos que cambiar mucho. Unas veces le pedimos eso al dinero, otras a la suerte, y muy frecuentemente se lo pedimos a algún candidato cada cuatro años; que nos traigan, finalmente la felicidad que anhelamos y podamos “vivir bien”. Es una espera razonable, pero que termina siempre en desilusión, porque ni el dinero, ni un gobierno, ni una bandera política pueden hacer lo que solo Dios puede hacer: salvarnos, y darnos la felicidad eterna.

Y sobre esta cuestión -tan actual- nos hace pensar hoy el Evangelio, y lo hace sin ingenuidades. Estamos llegando al final del Evangelio de san Mateo, en estos últimos capítulos la tensión con Jesús ya está al rojo vivo. Es normal, entonces, que sus adversarios busquen hacerlo caer. Los fariseos, nos dice el texto, "se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones" (Mt 22, 15), y para eso le tienden una trampa de las que parecen no tener salida.


El juego del por si o por no

La pregunta es inteligente: "¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?" (Mt 22, 17). Si dice que sí, queda como un traidor a su pueblo, sometido al ocupante romano; si dice que no, lo pueden denunciar ante Roma como un revoltoso. Pero Jesús no entra en el: por sí o por no. Pide la moneda, y ante la imagen y la inscripción del emperador, ordena las cosas en su lugar: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" (Mt 22, 21). No elige entre dos trampas: las desarma, poniendo cada realidad donde corresponde.

Conviene entonces entender bien esta respuesta, porque solemos usar mal. Jesús no está separando la vida en dos cajones incomunicados, como si hubiera una zona "de Dios" —la Misa, la oración, la vida privada— y otra zona "del César" —el trabajo, la política, la economía, la vida publica— donde Dios no tuviera nada que decir. Al contrario: lo que hace es establecer una jerarquía. El César tiene lo suyo, y hay que dárselo; el poder civil es legítimo, necesario, y el cristiano debe cumplir con sus deberes de ciudadano. Pero por encima del César está Dios, que lo reclama todo. La primera lectura lo deja clarísimo: en medio del destierro lejos de su patria y del templo, Dios hacer que, un rey pagano como Ciro, sea en sus manos un instrumento, porque “Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí" (Is 45, 5-6). Ningún poder de este mundo es absoluto; todos, lo sepan o no, están bajo la mano providencial de Dios.


Acuñados por Dios

Los Padres de la Iglesia leyeron esta escena con una profundidad que nos ilumina. La moneda —decían— lleva grabada la imagen del César: devuélvanle, pues, al César su moneda. Pero ¿cuál es la moneda que lleva grabada la imagen de Dios? El hombre mismo. Cada uno de nosotros hemos sido acuñados a imagen y semejanza de Dios, y por eso a Él le debemos lo más valioso: no las monedas que sobran, los huesos viejos -como decíamos hace ya varios domingos-, sino el corazón entero, la vida entera. Esa es la gran enseñanza de hoy: podemos pagar al César con dinero: sí: pero a Dios solo se le paga con toda nuestra vida, tanto privada como pública.

Y aquí está lo que más nos cuesta aceptar. Es muy fácil exigirle al César —esto es, a los gobernantes— que sean honestos, justos y mejores; y está bien pedirlo, porque quien gobierna está puesto en orden al bien común, es servidor y no dueño. Pero: ¿y nosotros? ¿Con qué autoridad reclamamos virtud a los de arriba, si no empezamos por ordenar nuestro propio corazón en la virtud y el bien? Difícilmente tendremos gobernantes mejores que nosotros mismos, porque salen de nuestro mismo pueblo. Por eso, si queremos de verdad que Dios transforme la sociedad y reine en medio nuestro, la transformación tiene que empezar con la conversión de nuestro corazón. No transformaremos el país si antes no transformamos nuestro obrar de cada día.

Por eso la salvación no vendrá, queridos hermanos, por el camino que el mundo espera. No nos va a salvar un modelo económico, ni una bandera política, ni el triunfo de un lado u otro de la grieta. El único que salva, el único que puede llenar y enderezar nuestra vida, y darnos la felicidad eterna es Cristo, es Dios. Darle a Dios lo que es de Dios nos cura, justamente, de esa tentación de endiosar lo que es solo obra de nuestras manos.


El corazón en los que importa y no en lo urgente

¿Y por dónde empieza, en concreto, esa vida nueva? Empieza en lo más cercano y cotidiano: empieza cuando en nuestra familia reina Cristo, cuando rezamos juntos, cuando nos dejamos guiar por Dios y comenzamos a vivir de verdad como hijos suyos, cuando ponemos el oído y el corazón en los que importa y no en lo urgente -como decíamos el domingo pasado-. Por eso san Pablo, en la segunda lectura, elogia a los tesalonicenses porque han dado a Dios lo que es de Dios y manifiestan su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia (1 Tes 1, 3). Así, con: la Fe que se hace obras, el Amor que se hace trabajo, la Esperanza que se hace constancia: se transforma de verdad en Cristo una familia, una parroquia, un pueblo.

Pidamos, entonces, al Señor la gracia de dar al César lo que es del César -cumpliendo con seriedad nuestros deberes de ciudadanos cristianos-, pero sobre todo la gracia mucho mayor, de darle a Dios lo que es de Dios, que es nuestro corazón.


Feliz domingo!


 
 
 

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